El deporte y los autos son dos formas de volver al mismo lugar: al carácter, a la constancia y a esa sensación de estar presente.
El deporte y los autos no son dos hobbies distintos. Para mí son dos formas de volver al mismo lugar: al carácter, a la constancia y a esa sensación de estar presente. Son caminos distintos para llegar a lo mismo: ordenarme por dentro.
El deporte siempre fue una forma de entenderme. No solo como actividad física, sino como una especie de conversación interna: cuando entreno, se me aclara la cabeza; cuando avanzo, vuelvo a confiar en mí; y cuando me cuesta, recuerdo que no todo se trata de motivación, sino de sostener procesos.
Con los años, mi relación con el deporte cambió… porque yo también cambié.
Durante mucho tiempo practiqué deportes colectivos, especialmente fútbol. Ahí aprendí el valor del equipo, la coordinación, la lectura del otro y el esfuerzo compartido. Pero hubo un momento en mi vida en que sentí la necesidad de ponerme una meta completamente personal: una que dependiera solo de mí, de mi disciplina y de mi capacidad de sostener algo largo, aunque nadie lo estuviera mirando.
Ahí nació la idea de correr una maratón.
No fue una decisión impulsiva. Fue una promesa silenciosa que me hice después de atravesar etapas complejas. Inspirado por personas importantes —algunas que siguen presentes y otras que ya no están, pero dejaron huella— decidí empezar desde lo más básico, casi con pudor, como quien vuelve a aprender algo que siempre estuvo ahí.
El camino fue lento, deliberado y profundamente disciplinado.
Empecé corriendo 500 metros, luego 1 kilómetro. Después vinieron los 5K, los 10K. Más adelante apareció el trail running, con terrenos que te obligan a pensar cada paso. Llegaron los 21K, que no se corren solo con piernas, sino con paciencia.
Y así, durante cinco años, fui construyendo algo más grande que resistencia: confianza en el proceso.
En 2025 corrí mi primera maratón.
Una maratón no se corre solo con el cuerpo. Se corre con la cabeza, con la historia personal de cada uno y con esa parte interna que aprende a no dramatizar el cansancio.
En 42 kilómetros aparecen momentos de claridad y momentos de duda. Decisiones pequeñas que parecen insignificantes —hidratarte a tiempo, no acelerar cuando te sientes fuerte, bajar el ego cuando el cuerpo te pide calma— y que, sin embargo, determinan si sigues avanzando o te rompes.
Para mí la maratón se parece demasiado a la vida: no gana el más rápido, sino el que mejor se conoce y se administra.
Ese aprendizaje también se me refleja en los proyectos, en el liderazgo y en las decisiones importantes: avanzar paso a paso, entender el sistema completo y sostener lo que vale, aunque sea lento.
Correr mi primera maratón no fue una meta final. Fue un inicio.
Hoy el objetivo es seguir corriendo maratones y avanzar, en el tiempo, hacia las Six World Marathon Majors. El próximo desafío es Londres 2026: no como una obsesión por el resultado, sino como parte de un proceso largo, donde la constancia, la preparación y la experiencia son el verdadero premio.
Hay otra pasión que me acompaña desde niño. No nació en una vitrina, ni en un póster. Nació con mi padre.
Mi papá trabajó varios años como conductor. Yo lo miraba como si fuera el mejor de todos: por la calma, por la atención al detalle, por el respeto que le tenía al camino… y por una frase que se me quedó grabada para siempre:
"Se maneja bien o se maneja mal. No hay términos medios."
Esa forma de ver la vida —clara, directa, sin excusas— terminó siendo una brújula para muchas cosas, no solo para manejar.
Hoy, manejar es una de las cosas que más me conectan conmigo. Da lo mismo si es lejos o cerca: hay una sensación que se enciende, como si algo interno se ordenara. Y en esa sensación, inevitablemente, aparece él.
Mis primeros recuerdos con autos no tienen velocidad ni lujo. Tienen infancia, confianza y un ritual simple.
Yo tenía ocho años cuando mi papá me llevaba en un auto antiguo a una cancha de fútbol. Me ponía sobre un cojín para que alcanzara bien, y ese auto —un Renault 4S, la clásica "renoleta"— se transformaba en mi primer mundo. En la cancha, él ponía un par de piedras y me pedía pasar por el medio, una y otra vez, como un juego… y como una enseñanza.
Era una actividad que hacíamos al menos una vez al mes. A mí me encantaba. Y sin darme cuenta, ahí empezó todo: el amor por los autos, sí… pero también esa sensación de que manejar era confianza, era conexión, era complicidad.
Después venían las vacaciones a Ventanas, un balneario de la costa de Chile, donde estaba la cabaña de veraneo de mi abuela. En esa época, los viajes se preparaban con tiempo, casi como un evento familiar.
Mi papá mandaba a cargar la batería, instalaba una parrilla, revisaba niveles, limpiaba el auto, chequeaba los neumáticos. Y hay un detalle que hoy me emociona más que antes: en esos años muchos autos ni siquiera tenían cinturón de seguridad, pero mi papá, antes de que la ley lo exigiera, instaló uno adaptado para que anduviéramos seguros. Ese gesto era él completo: amor práctico, cuidado silencioso, protección sin alarde.
Cuando por fin salíamos de Santiago, esa sensación de "ya estamos en camino" me llenaba por dentro. No era solo el viaje: era verlo a él, tranquilo, concentrado, tomando la ruta como quien toma una decisión correcta. Y yo ahí, mirando, aprendiendo, guardando ese recuerdo sin saber que iba a acompañarme toda la vida.
A mi papá lo mandaban a trabajar a Quilpué constantemente. Y hay un gesto suyo que todavía me emociona recordarlo: él elegía trabajar algunos domingos para hacerme feliz, porque sabía cuánto disfrutaba acompañarlo.
Íbamos en un Toyota Tercel 93 nuevo, con un panel verde que a mí me parecía precioso. Nos íbamos disfrutando las rutas, conversando, mirando el camino.
Y en esos trayectos aprendí muchas cosas de la vida. No como discursos, sino como instantes reales de conexión de padre a hijo: historias, valores, confesiones, incluso errores propios que él compartía con humildad, como quien te dice "mira, yo también me equivoqué… aprende tú". Esos viajes se transformaron en un espacio seguro donde uno escucha y, sin darse cuenta, va creciendo por dentro.
Y por eso esto no es nostalgia vacía. Porque hoy intento hacer lo mismo con mi hijo: buscar espacios que disfrutemos ambos, para hablar de la vida con calma, para que esas conversaciones queden guardadas en él como quedaron en mí. Como una herencia que no se ve, pero que sostiene.
En el barrio donde me crié pasaba la antigua Panamericana. No era como ahora, que se piensa en autopistas modernas. Era la carretera que unía a todo Chile: una vía de ida y vuelta, con autos antiguos que iban saliendo de Santiago, y un tránsito con otra velocidad, otra presencia.
Con unos amigos del barrio nos sentábamos a la orilla de la carretera a mirar pasar los autos y a adivinar la marca. Poníamos piedrecitas en el suelo cada vez que alguien acertaba desde más lejos. Era un juego simple, casi absurdo… pero para nosotros era fascinante.
Hasta que un día pasó un auto a una velocidad extremadamente rápida. No logramos adivinar cuál era. Miramos si era un Volkswagen, nadie supo. Y cuando pasó justo frente a nosotros, lo único que recuerdo es la silueta.
Nos quedamos maravillados.
Fue tan fuerte esa imagen que empezamos a dibujarla en el pavimento. Cortábamos hojas de los árboles, las juntábamos y las usábamos como una especie de tiza para marcar líneas y recrear esa forma. Esa escena la tengo grabada como si fuera ayer.
Tiempo después, acompañando a mi papá a comprar textos escolares, encontré en una feria revistas antiguas —tipo Mecánica Popular— y en la carátula aparecía un auto.
Lo miré y le dije: "Papá… ese es el auto que vi pasar. Ese era."
Mi papá sonrió. Y me dijo:
"Hijo, ese es un Porsche."
Yo tenía 13 años. Fue la primera vez que escuché la marca. Ni siquiera sabía pronunciarla bien. Y aunque probablemente mi papá nunca se había subido a uno, me dijo algo que no olvido y que me marcó de por vida. Me dijo, en esencia, que si yo estudiaba, me esforzaba y me ponía como meta tener uno —aunque fuera viejito—, que le prometiera sacarlo a dar una vuelta.
Esa promesa se me quedó adentro, como se queda adentro una emoción.
Pasó el tiempo. Trabajé. Hubo muchos problemas familiares y personales. Pero algo en mi subconsciente insistía: en algún momento tenía que volver a conectarme con esa historia.
Cuando tuve un poco más de recursos, cuando aprendí a manejar y empezó a existir más acceso a información, volví a mirar autos: desde los más antiguos hasta los más nuevos. Veía videos, aprendía, soñaba. Sin ansiedad… pero con una certeza silenciosa.
Y en todo ese camino, mi padre seguía ahí… incluso cuando ya no estaba físicamente.
Mi papá falleció en 2025, a causa de un accidente que no fue automovilístico. Y duele decirlo así, en una frase, porque cuando alguien es tu referencia, lo que se va no es solo la persona: se van también los rituales, las conversaciones, la sensación de "estar acompañado" sin necesidad de hablar.
Pero también queda lo más importante: todo lo que me enseñó. De autos, sí. Pero sobre todo de vida. De prudencia. De responsabilidad. De aprender de los propios errores. De hacer las cosas bien, incluso cuando nadie está mirando.
Mi primer Porsche fue una Cayenne. En ese momento yo tenía familia, y necesitaba un auto que calzara con esa etapa. Me encantó la estabilidad, la potencia, la seguridad. Fue mi primera prueba real: todavía no estaba listo para un deportivo. Había un camino que transitar.
Luego pasé a lo que algunos llaman "la aberración": el Porsche Panamera, cuatro plazas, cómodo, elegante. Para mí, sinceramente, uno de los mejores autos de la marca. Ahí entendí algo: no era solo velocidad. Era ingeniería, diseño, sensación, presencia. Era un lenguaje.
Y entonces llegó el gran momento.
En 2017 logré comprar mi primer Porsche 911: un 911 4S del año 2016. Tenía 38 años. Muchos años trabajados, mucha responsabilidad financiera, y una cantidad importante de ahorro detrás.
Recuerdo la primera vez que lo manejé. Fue una de las mejores sensaciones de manejo de mi vida. No por "tenerlo", sino por lo que significaba: había llegado el mítico, el más ansiado 911. Había llegado a esa silueta que un día me dejó sin palabras en la carretera.
Y también me golpeó otra cosa: la vida no me dejó cumplir la promesa de sacarlo a pasear a él. Eso duele, pero también explica por qué esto no es un capricho: es una historia completa, con amor, con memoria y con una emoción que viene desde la infancia.
Después apareció el Club Porsche Andino de Chile, y me abrió una puerta que no se trata solo de autos.
Ya llevo más de seis años siendo parte. Hemos hecho paseos, nos ayudamos, nos conocemos, cooperamos. Se arma algo bonito: un grupo de amigos que comparte una pasión completa, con respeto y con sentido de comunidad.
Luego vino el auto más bonito de todos: el Porsche 911 Turbo Cabrio. Y con él, otra etapa: pasar de admirar el auto a aprender a dominarlo.
Empecé a tomar cursos de manejo con pilotos, a conducir en pista, a entender que un auto así no se "usa": se respeta. Porque sus capacidades son enormes, y la prudencia también es parte del placer.
Honestamente, al principio me insegurizaba sentir que estaba usando apenas una fracción de lo que el auto puede hacer. Pero también entendí que el progreso real no es de golpe: cada mes corro un poquito la barrera, disfruto un poco más, sin perder la cabeza ni la prudencia. Eso también es disciplina.
Y hay hitos que te cierran el círculo: he ido a la fábrica en Stuttgart, he participado en parades, y cada vez que lo vivo siento que no es solo "autos"… es identidad, es historia, es volver a mí.
Si me dieran la oportunidad de mejorar o cambiar mi auto, elegiría la misma marca, siempre. Porque Porsche, para mí, no es una cosa: es un puente. Me recuerda a mi padre, a mi infancia, a mis anhelos, a mi construcción de objetivos silenciosos y a mi sensación de libertad.
A Paixão
El deporte, la maratón, los autos, la disciplina y la pasión no son compartimentos separados.
Son expresiones distintas de una misma forma de estar en la vida: buscar profundidad, constancia y sentido. Avanzar paso a paso. No apurar procesos. Entender el sistema completo. Y disfrutar el camino tanto como el resultado.
Eso es parte de lo que soy hoy.
Y de cómo sigo construyendo mi camino.